su vida con el tenis, su adiós a los Grand Slams y el emotivo recuerdo de su hijo Alejandro

Guillermo Salatino recibe a Clarín en una mañana fresca, de pie en la puerta de su casa de Del Viso, emponchado y contemplando a lo lejos un campo de golf que parece dominar el barrio y su rutina. Un rato después, contará que ese verde interminable es el escenario donde se reencuentra entre sueños con Alejandro, su hijo fallecido en 2010. Por ahora, es la dulce voz de María Angélica, su esposa, la que nos saca del trance: “Hace frío, ¿por qué no pasan?”.

A los 76 años, este “viejo gruñón con sentido del humor”, como él mismo se describe, hizo un anuncio que marca un antes y un después en su vida dedicada al tenis: Salata ya no cubrirá los torneos Grand Slam, la travesía alrededor del mundo que desde 1977 lo tiene como un relojito rebotando por el calendario entre Australia, París, Londres y Estados Unidos, con asistencia casi perfecta. Fueron 45 años y 147 Grand Slams: 18 Abiertos de Australia, 43 Roland Garros, 43 Wimbledon y 43 US Open. La Guerra de Malvinas en 1982 y el covid evitaron que la cuenta fuera perfecta.

No fue el paso de tiempo sino la pandemia lo que motorizó esta decisión de parar, que es celebrada principalmente por su familia, sus tres hijas, yernos y nietos, que crecieron viéndolo armar y desarmar valijas.

“Me ayudó la pandemia. Nosotros los que hacemos coberturas internacionales somos un poco como los jugadores, vivimos mucho fuera de casa. Fueron 45 años, es mucho. Y en la primera época, cuando uno tenía más aspiraciones de ser el mejor (el mejor posible, no el mejor de todos), me la pasaba viajando cuatro o cinco meses al año. En algún momento me iba dos meses y medio, era un disparate. Una vez le dije a mi señora que le preguntara a mi hijo qué quería que le trajera para su cumpleaños, porque él era de mayo y siempre me agarraba en Roland Garros. Me dijo que quería que estuviera yo, que no quería un regalo. Eso fue un shock, empecé a irme y volver después del torneo, no me iba más de 15 días. Pero empecé a viajar mucho más: tengo 127 viajes a Europa y 125 a los Estados Unidos, es una locura”, cuenta Salata.


Guillermo Salatino le dice adiós a los viajes por el mundo. Foto: Rodríguez Adami.

GS habla con el tono de voz característico de sus salidas radiales en La Red, donde un día es capaz de contar anécdotas sobre Nadal o Federer y al otro destacar la actuación de algún juvenil argentino en un torneo con poco brillo. En el medio, siempre declara su amor por Racing, a pesar de que en la entrevista reconoce que su ídolo de siempre fue Ricardo Bochini.

Antes que periodista fue tenista, y antes que eso se recibió de despachante de aduana, fue importador y exportador hasta los 30 años, por mandato familiar, hasta que su honestidad le hizo pegar el portazo. “Laburaba en el puerto y veía cosas que no me gustaban, si no ibas con un billete no movían un papel, y yo odio las cometas, las aborrezco. Entonces le dije a mi viejo que me quería dedicar al tenis: él me decía que estaba loco, que era un irresponsable, que yo tenía hijos y una familia que mantener. Mirando para atrás me equivoqué económicamente, sin dudas, pero lo volvería a hacer. Yo siempre digo que ese día dejé de laburar, porque hago lo que me gusta”, dice.

Salatino jugó al tenis de manera semiprofesional en la Primera del Lawn Tennis, entrenando y haciendo equipo con Vilas, Clerc y todos los grandes de esa época, hasta que un día largó la raqueta y agarró el micrófono. “Me gustaba el periodismo, me veía condiciones así que estudié, en el primer año me ofrecieron trabajo y no paré más”, recuerda con orgullo. Es tan respetado en el ambiente que una cabina de televisión del histórico BALTC lleva su nombre (hay también una de radio para su colega el marplatense Juan José Moro).

Guillermo Salatino junto a Guillermo Vilas, en una vieja foto del equipo del Buenos Aires Lawn Tenis Club.
Guillermo Salatino junto a Guillermo Vilas, en una vieja foto del equipo del Buenos Aires Lawn Tenis Club.

“Siempre hago lo que pienso, lo que tengo ganas. Y siempre me trajo consecuencias. Te genera problemas pero también satisfacciones, y yo tengo más satisfacciones. Por ejemplo los jugadores te dicen ‘Salata es difícil pero es honesto, lo que te dice es verdad’. Y yo prefiero eso. No que me digan simpático y chanta. Yo siempre digo que a mí me pueden dar la espalda con tranquilidad. Y es lo que corresponde me parece”, explica Guillermo.

Mientras rememora su carrera, Salata lleva a la charla los nombres de Vilas, Sabatini, Gaudio, Del Potro y compañía. Fue testigo de hazañas pero también de momentos más duros, como la derrota contra España en la final de la Copa Davis 2008 que se disputó en Mar del Plata. Esa fue una de las coberturas más tristes de su vida, y en la conferencia de prensa se cruzó con Chucho Acasuso y el capitán Luli Mancini. “Nosotros vendemos victorias, queremos que ganen, a mí se me caían las lágrimas mientras relataba el partido”, les dice Salatino a los protagonistas, en un video que está en YouTube, en el que trata de irrespetuoso a Nalbandian. Y cierra: “Nosotros no trabajamos para nosotros, trabajamos para que la gente sepa”.

La revancha para Salata llegó con la Copa Davis obtenida en 2016 contra Croacia, tras cuatro finales perdidas y ese punto decisivo de Fede Delbonis. El periodista hincha cumplió una promesa y cruzó de rodillas la cancha montada en el Arena Zagreb, el cierre de una jornada histórica para el deporte argentino.

También presenció los Grand Slams obtenidos por Vilas, el Abierto de Estados Unidos de Sabatini (otro partido que destaca entre sus emociones más fuertes por su cariño hacia Gaby), la final de Gaudio y Coria en Roland Garros 2005 (increíblemente posee entre sus tesoros las raquetas que usaron ambos en aquel partido) y tuvo que ir con las valijas a Flushing Meadows para ver la coronación de Del Potro ante Federer, partido que debió postergarse al día lunes y Guillermo tenía programado su vuelo para esa misma noche.

“Es difícil manejar la relación con los tenistas. Yo siempre traté de no ser amigo. Obvio que al principio sí porque yo jugaba con ellos, con Vilas y Clerc. Después, la distancia la marcó la diferencia generacional, salvo excepciones como Gabriela Sabatini o Mercedes Paz que eran chiquitas y como viajaban solas, mi mujer y yo les estábamos encima, las llevábamos de la mano. Por eso con Gaby tengo una relación más paternal”, explica Salata.

Se nota que la quiere mucho a Sabatini, al límite de tener que parar de hablar por temor a la reacción de sus tres hijas. “Gaby es una chica que desde muy chiquita la acompañé, la llevé. Es amiga mía. Hasta el día de hoy mantenemos una relación intachable, me llama para el cumpleaños, tiene gestos que no tiene habitualmente con nadie porque es muy introvertida y reservada, especialmente con los periodistas. Pero yo creo que ella a mí no me considera periodista, somos amigos. Y no hablo más porque mis hijas se ponen celosas”, se ríe.

Guillermo Salatino y Gabriela Sabatini, mismas iniciales y una amistad que aún mantienen. Foto: Rodriguez Adami.
Guillermo Salatino y Gabriela Sabatini, mismas iniciales y una amistad que aún mantienen. Foto: Rodriguez Adami.

“He sido amigo de los que me permitieron criticarlos”, dice Guillermo. Y el primer nombre que sale en la conversación es el de Vilas, con quien se peleó y tardó 20 años en reconciliarse: “Yo les decía a los tenistas que si no me permitían decirles lo que pienso, es como pedirle a ellos que vayan a menos en un partido. Yo digo lo que pienso, si te gusta bien y sino, lo siento. Eso me ha traído problemas pero nunca de mala fe. Con Guillermo tuve momentos difíciles”, afirma.

“Con Guillermo fuimos amigos, jugamos juntos, lo conocí a los 10 años. El papá me pidió que lo peloteara. Y cuando vino a Buenos Aires, a los 16, compartimos el equipo de Primera por dos años, salimos campeones, entrenábamos juntos, ha dormido en mi casa. Pero después como periodista en algún momento lo critiqué: en el 80, cuando perdimos en Copa Davis contra Checoslovaquia dije ‘qué raro que Vilas ponga una excusa’ y se ofendió. Lo siento”, relata Salatino.

Un par de zapatillas de Del Potro, uno de los souvenires que guarda Salatino en su casa. Foto: Rodriguez Adami.
Un par de zapatillas de Del Potro, uno de los souvenires que guarda Salatino en su casa. Foto: Rodriguez Adami.

Ese cortocircuito en su relación se resolvió veinte años después: “Estábamos en el Buenos Aires, en el Lawn Tenis, por un evento, y estaba Guillermo como invitado. Vino de atrás y me pegó un sopapo en la espada. Me dijo ‘Estamos grandes para estar peleados’. Nos dimos un abrazo, no dijimos una sola palabra y se terminó. Como si nunca hubiera pasado nada. Cuando murió mi hijo fue el tipo que más y mejor me habló”.

“Soy un viejo gruñón con sentido del humor. Y Soy jodón pero calentón. No tengo pelos en la lengua y no me importa si del otro lado está Vilas, Nalbandian o Del Potro. La prueba está que me enfrenté con los tres mejores jugadores del país de la historia. Pero son cosas que pasaron, se terminaron, hoy estoy bien con ellos”, agrega Salatino.

El adiós a las giras

La conversación con Salatino regresa a esta decisión trascendental en su vida, dejar de viajar para seguir al tenis. Quizá lo haga ante una invitación o por un motivo especial pero ya no formará parte de su hoja de ruta en el arranque de cada año.

“La pandemia me hizo cubrir todo desde acá, de mi casa y por televisión. Sinceramente, tenía miedo de extrañar mucho. Imaginate, ver de lejos Roma, Montecarlo, que fui 121 veces. Pero en estos dos años del maldito covid no extrañé absolutamente nada, no sentí nada. Se lo comenté a mi mujer, le dije que estaba preparado. Y ella me bancó como siempre lo hizo. Me iba a despedir en Roland Garros pero me llamaron de Wimbledon para invitarme, me convencieron y al final fui. Fue el último”, resume Salatino, con firmeza.

Guillermo Salatino en su casa de Del Viso. Cuando ya había decidido mudarse allí descubrió que tenía una cancha de tenis. Foto: Rodríguez Adami.
Guillermo Salatino en su casa de Del Viso. Cuando ya había decidido mudarse allí descubrió que tenía una cancha de tenis. Foto: Rodríguez Adami.

Y recuerda: “En Roland Garros no me pasó nada pero en Wimbledon sentí una cierta emoción, como que estaba dejando algo importante en mi vida. Mi familia ya no quería que viajara más, hace años me lo venían diciendo, todos menos mi mujer, que jamás me lo dijo. Yo en broma le decía que quería sacarme de encima”.

“Yo me casé en el 69 y empecé con el periodismo en el 76. María Angélica siempre me bancó. Cuando dejé el laburo de despachante de aduana me dijo que lo hiciera. Ella nunca ejerció de psicopedagoga, siempre se dedicó a la familia. Nos bancamos mutuamente. Nunca hice nada sin consultarla. Yo a ella le debo el 99% de lo que soy, se lo debo a ella. Es una mujer muy reflexiva, muy inteligente”, dice Salata sobre su esposa.

Sobre los viajes, Guillermo explica que más allá de la pandemia lo que también trastocó su historia de aviones y hoteles fue la situación económica. “En 2019, cuando me jubilé, cambió todo. Yo antes viajaba en business y tenía 200 dólares por día de viático. Cuando me jubilé se cortó, y este año viajé a pérdida. No quiero salir a vender publicidad, ya estoy grande. A Roland Garros viajé con millas. A Wimbledon fui con un pasaje que me pagué yo, lo tomé como una despedida. Con el dólar por las nubes dejó de ser negocio viajar. Y la verdad que sin un jugador emblema como tuvimos tampoco es tentador a nivel periodístico. Cuando tenemos un gran jugador te llaman para salir al aire cada diez minutos; cuando no tenés, el que tiene que llamar sos vos”, reconoce Salata, que señala a Francisco Cerúndolo y Sebastián Báez como las raquetas argentinas con mayor futuro. “Ya están metidos ahí les falta un escalón pero son jóvenes”, se ilusiona.

Se lo nota familiero a Salatino. Su casa tiene un quincho que es sede de encuentros y asados junto a sus tres hijas y sus diez nietos. Fue lo que más sufrió durante la pandemia, no poder verlos. Hace diez años, cuando se mudó a este lugar, descubrió que en el parque había una cancha de tenis: un guiño del destino. “Ellos son más del rugby”, dice con cierta amargura sobre sus yernos este fanático del tenis, del golf y también del fútbol, que describe con melancolía su amistad con Maradona. “Cuando viajaba al Abierto de Italia siempre iba a la casa de Diego en Nápoles. Fue muy triste lo que le pasó pero no me extrañó: creo que vivió más de lo que cualquier mortal podría haber sobrevivido, viví todas las grandes y las miserias de él. Estuve en Nápoles en los dos Scudettos, la ciudad era una locura”, recuerda.

Guillermo Salatino en Wimbledon 2022, 45 años después de su primera vez en "la catedral del tenis". Foto: Instagram.
Guillermo Salatino en Wimbledon 2022, 45 años después de su primera vez en “la catedral del tenis”. Foto: Instagram.

El recuerdo de su hijo Alejandro

Entre mil anécdotas y recuerdos, hay un nombre que está permanentemente presente en la charla con Salata: su hijo Alejandro. Era productor periodístico y falleció en 2010, a los 39 años de edad víctima de un tumor cerebral. “Por suerte te sueño seguido y jugamos al golf. Sé que estás en paz”, le escribió Guillermo en sus redes sociales. Cada tanto le dedica algún posteo a ese pibe “hijo ejemplar, hermano extraordinario, lleno de amigos” al que Guillermo define como “un crack, un gran tipo, lleno de vida” y al que despide siempre de la misma manera: “fuiste, sos y serás lo más grande”.

“Ale fue mi hijo mayor. En realidad mi hijo mayor fue Guillermo, que falleció en el 75, que nació mal, nunca se enteró de que estuvo en este mundo, por lo tanto fue otra cosa. Pero Alejandro se murió hace 12 años, a los 39, con una vida por delante brillante. Un tumor se lo llevó, en un año, fue en 2010”, le cuenta Guillermo a Clarín, con una entereza admirable.

Y recuerda esos días que le pasaron factura no solo en su alma sino también en su físico. “Yo tenía que sobrellevar a mi mujer y a mis hijas, creía que era Tarzán pero tuve dos bobazos. Y ahora tengo seis stents. Yo me creía Tarzán pero no lo era. Fue un bobazo cuando le sacaron un ojo, porque tenía un tumor detrás del ojo. Y el otro fue cuando murió, en mayo de 2010. Ese es el saldo. Después no lo sufrí porque… Yo sufrí su enfermedad, no su muerte. Su muerte fue un alivio. Yo lo veía tirado ahí en el sillón, sufriendo, agarrándose la cabeza de dolor durante más de un año. No tenía sentido. Los que queremos que sobrevivan a una enfermedad dolorosa es un acto de egoísmo porque queremos nosotros tenerlos, pero ellos ya no tienen ningún interés en estar acá. Fue lo mejor para él lo que le pasó”.

“Lo encaré por ese lado”, reflexiona Salata. Y agrega: “Yo siempre trato de emplear la filosofía en la vida, me pareció que era lo mejor para él, independientemente de lo que yo quisiera. Lo quiero tener. Pero lo sueño, juego al golf con él, permanentemente está en mis pensamientos. A mi mujer la destruyó. Creo que yo la sobrellevé mejor”.

“Yo viví un año para él, las 24 horas, teníamos una relación fantástica. Salvo cuando hablábamos de laburo, que teníamos dos visiones diferentes, él era cabrón como yo y nos peleábamos. Un jodón calentón como yo. No hablábamos de trabajo, solo de fútbol y de golf, de cosas de la vida. Hoy me hubiera dicho que siga viajando por el tenis. Porque sabe que si planto bandera me achancho. Por eso yo voy a seguir con mis salidas en la radio, ver qué más puedo hacer, quiero estar activo, quiero tener la cabeza en funcionamiento. Tengo ganas de seguir laburando, desde acá, sin viajar o yendo con mi mujer. Pero ya no para trabajar sino para disfrutar”, dice Salata.

Y para el final deja una definición sobre sí mismo en la que no pueden faltar el tenis y su familia: “Soy un tipo que hace lo que se le da la gana, respetando mucho al prójimo. Tengo una muy buena educación de padre. Soy un poquito egoísta, porque jugué mucho al tenis. Pero me gusta ayudar a la gente, siempre que puedo dar una mano lo hago, desinteresadamente. Y no me importa si me lo devuelven. Soy lo que se ve, muy calentón pero con sentido del humor. Me encantan los amigos, me divierten, me crie en un club. A pesar de los golpes de la vida encontré una mujer hace 54 años como María Angélica que me dio los cinco hijos y a quien le debo todo, es muy inteligente y lo mejor que me pasó en la vida, sin ninguna duda”.

Guillermo Salatino en familia, su lugar en el mundo. Foto: Rodríguez Adami.
Guillermo Salatino en familia, su lugar en el mundo. Foto: Rodríguez Adami.

Salata y los Grand Slams, uno por uno

“El Abierto de Australia es el que más me gusta. Por la época, es verano y tienen un clima bárbaro. Además, tienen una gran historia tenística. La gente disfruta del deporte. El país tiene muchas colonias italianas, holandesas, griegas, y son muy divertidos. Saben mucho de tenis. Son divertidos, siempre digo que son como ingleses con sentido del humor. El inglés compra la entrada un año antes, llega y no sabe qué va a ver. Va a ver tenis. El australiano es muy parecido”.

“Roland Garros es el torneo de los argentinos. Es lo que nos enseñó Vilas, empezamos a disfrutarlo con Guillermo: el polvo de ladrillo es nuestra superficie. Yo tuve una hermana que tenía agencia de viajes y mandaba a ver torneos y todos querían ir a París. Es el torneo de los argentinos. El estadio es fenomenal pero hay muchos chicos, eso está bueno pero le saca el clima tenístico, da la impresión de que no les importa tanto el tenis como a los ingleses y los australianos”.

Guillermo Salatino, sinónimo de periodismo y tenis. Foto: Rodríguez Adami.
Guillermo Salatino, sinónimo de periodismo y tenis. Foto: Rodríguez Adami.

“Wimbledon tiene olor a tenis, cuando vas llegando es como que sentís todo, el ambiente, la gente, todo verde, los dos estadios maravillosos que tiene. Lo hicieron todo nuevo en 2000. En mi época de tenista a mí me gustaba mucho el césped, y yo tengo la sensación de que es la catedral, como el Vaticano para un católico. Ahí se inventó todo, en 1877. Da la casualidad que mi primer Wimbledon fue en 1977 cuando se cumplió el centenario del torneo, y el último fue ahora en 2022, cuando se cumplió un siglo también pero del estadio. Una casualidad total”.

“Y Nueva York, el Abierto de Estados Unidos… Yo pienso que es el menos importante tenísticamente pero tienen el estadio más grande del mundo, desde arriba no ves nada. A la gente no le importa el tenis, van a hacer compras y comer. Se van antes de los partidos, el partido les importa un cuerno. Es otra cosa. Es muy distinto el público de día, que van a ver tenis, y el de la noche, que van los ejecutivos con sus mujeres: son como dos torneos distintos, y a la noche se juega siempre un partido importante”.

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