Los tenis del joven | El Informador


Ser hijo del Presidente no ha de ser nada fácil… Como tampoco lo es ser la pareja o familiar de una figura pública, ya sea artista, futbolista o político: en automático los coloca bajo los reflectores de la opinión pública, volviéndolos centro de atención y también de críticas. Pero además te quita, quieras o no, gran parte de tu privacidad.

Esta semana el hijo menor del Presidente Andrés Manuel López Obrador fue nuevamente blanco de ataques, ahora por un par de tenis. El joven fue fotografiado en la calle vistiendo unos sneakers azules marca Nike, cuyo costo puede ir desde los 40 mil o superar los 120 mil pesos, dependiendo del sitio donde se adquieran. La imagen encendió el encono en redes sociales.

En un México totalmente polarizado, donde la agenda pública ha estado llena de dimes y diretes, de etiquetas de “fifís” y “chairos”, de buenos y malos, la foto del adolescente -quien nada tiene que ver con la política- de inmediato fue utilizada para cuestionar el discurso de austeridad de su papá. Esto fue así, en parte, porque apenas hace semanas el Presidente anunció que el Gobierno de México pasaría de la “austeridad republicana” a la “pobreza franciscana”; es decir, a una vida en completa austeridad como vivió San Francisco de Asís, sin lujos innecesarios ni gastos suntuarios de funcionarios.

No es la primera vez que arremeten contra las hijas o hijos del Presidente en turno; con o sin razón, a más de alguna o alguno les han tundido de críticas y señalamientos, han sido agredidos por gente que ni siquiera les conoce ni sabe cómo son o lo que piensan, todo motivado por el cargo público de sus padres.

En la administración del ex Presidente Enrique Peña Nieto, tanto sus hijas como las de su entonces esposa Angélica Rivera también estuvieron varias veces en el centro del huracán. En un viaje que hicieron a Estados Unidos, por ejemplo, fueron fotografiadas mientras paseaban por un exclusivo y costoso centro comercial de Beverly Hills. Además de mostrar imágenes de las camionetas y parte del equipo de seguridad de la entonces familia presidencial, una televisora dio santo y seña de lo que hicieron las jóvenes, durante las tres horas que estuvieron visitando tiendas. Se supo la ropa de marca que se probaron, el costo de las prendas (entre 9 y 15 mil dólares) y hasta en qué restaurante cenaron. 

Ante estas situaciones, la discusión debería centrarse no en juzgar a alguien por cómo se viste ni satanizar el estilo de vida que puedan darse ciertas personas, según sus posibilidades económicas; especialmente cuando sus gastos provienen de recursos privados o se obtuvieron de forma lícita. Pero en un país con 55 millones de personas viviendo en la pobreza (10 millones en pobreza extrema), lo que hacen las hijas e hijos de funcionarios públicos (sobre todo cuando son de alto nivel) también comunica.

Y en el caso de los menores de edad, no es responsabilidad necesariamente de ellas o ellos, sino de quien los acompaña, los supervisa o está pendiente de lo que hacen o dejan de hacer. Un adolescente apenas está definiendo su personalidad y tristemente, en el caso del hijo del Presidente, el joven está siendo agredido sin tener una responsabilidad directa; sólo él sabe lo que está viviendo, en un ambiente y entorno que no eligió.

En suma, la discusión de estos últimos días va más allá del costo de un par de tenis y la privacidad de alguien. Se trata de lo que comunica la familia de un funcionario público, sobre todo en un contexto de polarización y conflicto. Y cuando en el discurso oficial se habla de lucha contra la desigualdad y austeridad, más que esconderse, la familia necesita moderarse o que la ayuden con lo que están comunicando. Y, claro, también como sociedad aprender a no meterse con los niños y las niñas, sean hijos o hijas de quien sea.

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