El otro futbol | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

LETRAS minúsculas

Para un cristiano, morir es nacer; para él, el llanto que sale de la cama de los moribundos se parece mucho a los sollozos de las criaturas apenas nacidas.

¿Quiere el bebé salir del mundo uterino, en el que se encontraba hasta hace poco bastante bien, para venir a dar a este mundo hostil en el que se trabaja y se suda? No, no quiere: si por él fuera, se quedaría para siempre en el vientre de su madre. Y, sin embargo, ese paraíso tiene fecha de caducidad: bajo ninguna circunstancia debe quedarse en él más de los nueve meses de rigor, pues de lo contrario morirá; entonces el paraíso se le convertirá en infierno y el edén en una cámara de gas… Nacer, para él, es una de las formas del morir: un trauma verdadero, según dicen los que saben. Pero no muere: únicamente nace.

Cuando el bebé salió del vientre de la madre, pensó que de verdad moriría: una mano fría como un cuchillo lo expulsaba del paraíso sin que él supiera qué había hecho para merecer tal castigo. Pero cuando crezca, haya vivido y salga de este mundo, lo mismo pensará. Sin embargo, tampoco entonces muere, sino que nace: lo que sucede es que ahora ha sido expulsado del vientre de este mundo.

«Me preguntan a menudo lo que pienso de la muerte –confesó una vez a un periodista el cardenal Godfried Daneels, arzobispo de Bruselas-. Mi respuesta es siempre la misma: morir es nacer. El niño que se encuentra aún en el seno de la madre no tiene el menor deseo de abandonarlo: en él se siente feliz y seguro. Pero cuando llega el momento de nacer, se ve expulsado de este lugar protector. Lanza un grito de angustia. Sin embargo, poco a poco irá descubriendo los colores y oyendo los sonidos, aprenderá a hablar, a gatear, a correr. Pronto no tendrá ya ningún deseo de volver al seno de su madre, pues habrá descubierto un universo más rico. Lo mismo ocurrirá en el momento de nuestra muerte. No querremos morir, no tendremos ningún deseo de abandonar un mundo familiar que, después de todo, apreciamos. A menos que no dispongamos ya de todas nuestras facultades físicas y mentales, nuestro organismo se negará a morir. Pero envejeceremos y llegará el día en que seremos arrancados de esta existencia. En cuanto nos encontremos en el otro mundo, descubriremos un universo increíblemente más rico en sonidos y colores, un universo en el que el amor reina como señor, en el que la palabra y el pensamiento son muchísimo más profundos que todo lo que hemos conocido hasta ese momento: entonces no tendremos el menor deseo de dar marcha atrás. Por eso nunca ha vuelto nadie de ese mundo nuevo» (Guido van Hooff, Entretiens avec le Cardinal Daneels)

Sí, así debe ser, en efecto. «Por eso nunca nadie ha vuelto de ese mundo nuevo», como nadie ha vuelto jamás –ni lo haría, aunque pudiera- al vientre de su madre. ¿Para qué, si este nuevo mundo no es tan tenebroso, después de todo?

¿Para qué, si la vida es ahora mucho más rica y luminosa que antes? ¡Después de todo, de su estancia en el vientre no recuerda muchas cosas que digamos! Era feliz, sí, pero no le consta: la suya era entonces una felicidad que nada sabía de sí misma.

Hace poco leí en un libro una parábola que hablaba del nacimiento y de la muerte, y me gustó tanto que no me resisto a la tentación de transcribirla aquí; es una parábola, como puede verse, bastante moderna:

«Un día, las celulitas de la cavidad uterina materna vieron aterrizar algo así como una pequeña nave espacial que se adhirió a la pared cerca de ellas. Había descendido por las trompas de Falopio un huevo fecundado. Durante meses, las celulitas vieron desarrollarse una criatura, tomar forma, palpitar y comenzar a flotar en aquel espacio. Se encariñaron con ella. Pero, hete aquí que, de pronto, se agita todo: un terremoto, unas convulsiones y contracciones, unas corrientes de agua…, y aquella criaturita, con la que se habían encariñado, se les escapa por un túnel oscuro. La sujetan para retenerla, pero alguna fuerza parece tirar desde fuera. Al fin se les escapa y se cierra la salida o entrada de aquel túnel. Aquellas celulitas se quedaron solas y tristes en el interior del seno, llorando por la criatura desaparecida. Se pusieron a organizar un funeral por su muerte, pero les molestaban los ruidos que venían del exterior. No sabían que allá fuera se estaba celebrando con júbilo el nacimiento» (Juan Masiá Clavel, S.J., Respirar y caminar. Ejercicios espirituales en reposo).

Como las celulitas, lloramos por lo que se ha ido, por lo que hemos perdido, sin saber que al otro lado, en la casa de Dios, se está organizando una fiesta por el hijo que acaba de nacer para la eternidad.

Y, ahora, ¿por qué no emprender una breve excursión al Oriente lejano en busca de lo que el Concilio Vaticano II llamó las semillas del Verbo? ¡Ah, la sabiduría ancestral también afirmaba que vivir es nacer! Tomemos como botón de muestra un viejo libro de Chuang Dsi, el filósofo chino, titulado El verdadero libro del país meridional de las flores. ¿Lo conoce usted? Pues bien, si abre usted el volumen por la mitad, se encontrará al instante con estos dos apólogos maravillosos:

«¿Cómo puedo saber que el que odia a la muerte no se parece al niño que había equivocado el camino e ignoraba que volvía a casa?

«Gi de Li era hija del guardia de frontera de Ai. Cuando el príncipe de Dsin acababa de desposarla, ella lloró amargamente y las lágrimas humedecieron sus vestidos. Mas luego, cuando llegó al palacio real y se convirtió en compañera del monarca, se arrepintió de sus lágrimas. ¿Cómo puedo saber si los muertos no se arrepienten de su lucha anterior por la existencia?».

Sí, ¿cómo saberlo?, ¿cómo saber si morir no es únicamente regresar? ¿Cómo saber si, ante la muerte, sería preferible reír a entristecerse? En efecto, ¿cómo saberlo?

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