El feliz campeonato de fútbol de potrero donde Lionel Messi, por ahora, tiene prohibido jugar

Las probabilidades de que un partido se suspenda momentáneamente porque un auto chocado ingresó a la cancha son bajas. Que dos perros le quiten la pelota a un jugador alterando el orden, también. O que un hombre de 72 años aún tenga sed de gloria correteando una pelota número 5; que con medio tiempo por jugar por delante alguien coma una empanada para ganar energías y aún se sienta competitivo. Mucho menos probable es que todo eso ocurra al mismo tiempo. Pero es lo que pasa en esa cancha de tierra y piedras clavada en medio de una autopista, como señal de resistencia.

No es el verde césped de la bombonera, ni la gramilla que recorren como en patines los jugadores del Camp Nou. En esta cancha la pelota pega saltos como si tuviera hipo y por eso dominarla exige una pericia mayor.  Por ahora Lionel Messi tiene el ingreso prohibido, pero hay una camiseta número 10 reservada por si alguna vez el mejor jugador del mundo cumple el derecho de admisión estricto que tienen los ligueros del “Corredor del Oeste”, donde el fútbol aún vive.  Tienen 50 años o más y mil historias ligadas con la pelota. Componen una paradoja de ese deporte híper mercantilizado: los futbolistas profesionales tienen serios problemas con el retiro, cuando aún son jóvenes. Ellos, viven y disfrutan el juego luego del retiro de sus empleos formales.

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