Con Johnny Chaves verdaderamente aprendí de fútbol en un banquillo

En abril del 2010 lo conocí, tenía referencias de él, pero nunca antes habíamos sostenido una conversación. Me tocó anunciarlo y presentarlo como nuevo técnico del Cartaginés y como encargado de prensa, fui de los primeros en recibirlo en el club. Me bastaron cinco minutos de plática para darme cuenta de la clase de persona y el nivel de profesional que era. Sin darme percatarme, un tiempo después hasta me dio el privilegio de sentarme en el banquillo con él.

Sin ser yo un jugador o un miembro del cuerpo técnico, puedo asegurar que si de alguien aprendí de fútbol fue de Johnny Chaves. Es más, diría que los dos años que compartimos en el conjunto brumoso, él como entrenador y yo como periodista, fueron casi una clase constante de táctica y técnica, pero principalmente de ambición, de no quejarse ante la adversidad o las limitaciones que se presentan, sino buscar y trabajar por lo que se quiere.

Johnny hacía mucho con muy poco, sacaba provecho de todo y no era de reclamar por lo que no le daban. Daba soluciones. Claro, en su filosofía el esfuerzo era innegociable y él mismo ponía el ejemplo: ahorraba durante la temporada, gastaba poco y lo que tenía lo invertía en viajar para seguirse capacitando en Holanda.

Si hay algo que me sorprendió de él es que tenía una imagen de ser muy serio, pero de un momento a otro sorprendía con una broma, hacía algo inesperado para cualquiera y tenía un humor muy particular, ya que estaba atento a todo. Es más, era de esas personas exageradamente detallistas; por algo le apasionaba el ajedrez; tenía paciencia, era estratega y muy meticuloso.

En mi caso, aproveché cada momento para absorber sus conocimientos. Una charla suya en el camerino antes de una práctica, un análisis al medio tiempo de un juego complicado o un entrenamiento eran como clases gratis. Y es que hoy en día se habla mucho de las tendencias que revolucionaron el juego, pero Chaves ya las manejaba desde el 2010 y las pulía como buen estudioso que era. Por algo sus sesiones en el campo siempre tenían algo distinto y el jugador las disfrutaba; si yo aprendía, me imagino que los futbolistas muchísimo más.

La amistad con el “profe” creció y recuerdo que en una ocasión le ofrecí mi ayuda para llevar estadísticas o datos que ocupara, ya que por el 2010 no se contaba con los software de hoy en día. En un principio hasta pena me dio ofrecer un servicio tan empírico, pero él aceptó de inmediato y en realidad me enseñó y orientó sobre lo que realmente necesitaba y los datos que le podían aportar en los juegos.

Durante los partidos de Cartaginés contabilizaba lo que me solicitaba según el rival y al medio tiempo corría para entregarle los apuntes. Él interpretaba y sacaba conclusiones que según me decía le daban una visión clara de lo que ocurría, aunque yo no lograba detectar si esas hojas con rayas realmente aportaban. Johnny me orientaba y yo intentaba estar a su altura, aunque era difícil. Con él como maestro logré ver un poco más allá y como él era una persona muy agradecida, para premiarme recuerdo que me dejó estar en el banquillo en algunas ocasiones.

Es muy fácil ver desde afuera un partido, criticar desde la grada o con la televisión por delante, pero en la cancha todo lo sencillo es muchísimo más complejo. Con Johnny comprendí que el verdadero arte de dirigir en el fútbol es ver lo que otros no pueden en medio de la presión y la tensión, encontrar soluciones de inmediato y tener inteligencia emocional cuando se va a mil por hora en una cancha o un camerino.

En el 2012 tomamos distintos caminos profesionales, pero la amistad perduró. Es más, nunca dejó de enseñarme; él era una fuente de consulta constante, tanto para notas como para seguir aprendendiendo, me resultaba un lujo saber que cuando lo llamara me contestaba y las charlas duraban horas. Johnny siempre quería ayudar, le parecía un privilegio enseñar y le gustaba tender una mano a quien se lo pedía.

Incluso, en medio de su enfermedad nunca dejó de ser un maestro para mí, tanto del deporte que me apasiona, como de la vida en general. Gracias “profe”, por tantas anécdotas, lecciones y su amistad sincera. Hoy que ya no está me quedé sin un amigo y sin mi profesor, sin embargo, nadie podrá borrar todo lo que me transmitió, principalmente el luchar siempre y creer que con esfuerzo todo es posible.

* El autor es periodista de La Nación

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